Uno de los rasgos más peculiares de la sociedad española es su capacidad de integración de lo diferente: España pasó en un tiempo récord de ser un país homogéneo, sin inmigración externa, a convertirse en uno de los principales receptores mundiales de inmigrantes. En dos décadas, España ha recibido más de siete millones de migrantes provenientes de todos los continentes y los ha integrado en su mercado de trabajo, en su sistema educativo y sanitario y en el conjunto de su vida social. Ahora, los inmigrantes representan ya la quinta parte (21%) de la población entre 16 y 44 años y el 14% de la población total, al nivel de Estados Unidos, Alemania o Reino Unido, y por encima de Francia, Bélgica, Holanda o Italia.

La capacidad de España para a atraer inmigración no está relacionada únicamente con su mercado de trabajo: España recibe miles de inmigrantes laborales europeos de países ricos que buscan calidad de vida y un ambiente social acogedor. Esa capacidad de acogida deja huella en las encuestas internacionales y locales, en las que España destaca por su muy baja xenofobia y su aceptación de la convivencia con personas de otras razas, religiones, costumbres e idiomas. Tanto los datos internacionales comparados del Pew Research Center, como los del Eurobarómetro o el Real Instituto Elcano, muestran que España es uno de los países menos xenófobos de Europa y el que en menor medida ve la inmigración como un problema. Así, por ejemplo, en la última encuesta realizada por el Real Instituto Elcano en nueve grandes países europeos, la lucha contra la inmigración irregular aparece como la primera prioridad de los ciudadanos respecto a su política exterior, en contraste con España donde este tema despierta mucho menos interés.

 

A la vanguardia en derechos LGBT, igualdad y diversidad religiosa

Existen algunos aspectos de la cultura española con fuerte raigambre en el pasado, como las procesiones de Semana Santa, los encierros de Pamplona o las fallas de Valencia, que transmiten la imagen de una España tal vez más tradicional de lo que en realidad es. Sin embargo, y pese al enorme apego a fiestas populares que producen imágenes poderosas, lo cierto es que la sociedad española es una de las más modernas y liberales del mundo cuando se comparan los elementos relacionados con la diversidad sexual y/o de identidad de género, la igualdad entre los sexos o la aceptación de la diversidad étnica y cultural.

Esa misma tolerancia a la convivencia se aplica en España en relación a la diversidad sexual y la identidad de género. El Estado español fue el tercero del mundo en aprobar el matrimonio homosexual, en 2005, y las parejas entre personas del mismo sexo tienen reconocidos los mismos derechos que las heterosexuales en todos los aspectos. Con este reconocimiento legal, el Estado recoge el sentir de la sociedad española, que de forma muy mayoritaria (77%) apoya esta igualación, según datos del propio Pew Research Center. Se trata de un porcentaje superior a los de Francia, Alemania, Suiza, Italia, Reino Unido, Suecia o Polonia.

Por otro lado, sólo los países nórdicos igualan a España cuando se trata de juzgar la participación de las mujeres en la vida laboral, hecho que recibe el respaldo de un 80% de los ciudadanos frente a un 66% en Reino Unido, un 64% en Francia o un 56% en Alemania. Un porcentaje que ha ido mejorando con el paso del tiempo pero en el que hay que seguir trabajando para cerrar un debate que nunca debió ser tal, y que a día de hoy provoca que persistan diferencias intolerables en ámbitos como el de los salarios: la brecha existe.

Respecto a la diversidad étnica y religiosa, vuelven a aparecer claras diferencias que reflejan el carácter tolerante y abierto de los ciudadanos españoles: un 50% de nosotros creemos que esa diversidad es positiva para el país, frente al 21% de los franceses, el 24% de los alemanes o el 23% de los polacos.

En definitiva, España es uno de los países más tolerantes en cuestiones como la orientación sexual e identidad de género, la diversidad cultural o la religión. Algunos lo atribuyen al turismo, a la multiculturalidad del propio país, a su pasada experiencia migratoria o incluso a una reacción contra los valores más tradicionales. También a una cuestión de carácter. Somos acogedores, convivimos sin grandes problemas con quien es diferente o no piensa como nosotros y apostamos por más diversidad.

Sea cual sea el motivo, está claro que la tolerancia es un valor indispensable para la convivencia pacífica en una sociedad que cada vez es más global y plural, y que España parte con ventaja ante este desafío.

 

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