Esta semana se cumplen 80 años de la llegada a Valparaíso del barco que llevó a 2.200 refugiados de la Guerra Civil española. Una huida hacia la libertad impulsada por el diplomático español Rodrigo Soriano, y el poeta chileno Pablo Neruda

En un presente en el que vemos como algo ajeno a nosotros la llegada de cayucos, pateras y diferentes embarcaciones a Europa, cargadas de personas que huyen de la miseria, cuesta imaginar que, hace no tanto tiempo, éramos los españoles los que cruzábamos mares buscando un futuro mejor. Entre otras causas, tras la dramática Guerra Civil y su posterior dictadura, momento en el que miles de republicanos se exiliaron en destinos como Francia, México, Argentina, Colombia, Venezuela, Cuba, la URSS, EEUU o Reino Unido.

Entre ellos también estaba Chile, a cuya bahía de Valparaíso llegaban, durante la madrugada del 3 de septiembre de 1939, 2.200 exiliados españoles a bordo del Winnipeg. Un viaje de 30 días de duración cargado de anhelos y, sobre todo, de esperanza.

 

La iniciativa de Rodrigo Soriano y Pablo Neruda

Una de las figuras claves de la aventura del Winnipeg y de los miles de exiliados republicados en Chile –aunque la Historia no le haya dado el lugar que se merece- es el diplomático Rodrigo Soriano. De fuertes convicciones republicanas, este abogado, periodista, literato, parlamentario y diplomático compartió el destierro en Fuerteventura con Miguel de Unamuno durante la dictadura de Primo de Rivera en 1924, tras lo cual residió en Uruguay y Francia, regresando a España con la proclamación de la II República. Desde 1933 ocupa el cargo de Embajador de la República española en Chile (hasta su muerte en 1944, si bien desde 1936 lo hará como representante de la República en el exilio). Sería Soriano quien, en febrero de 1939, enviara una carta al Gobierno chileno pidiéndole admitir en el país a “artistas, profesionales liberales y españoles en general”; es decir, a refugiados españoles de la Guerra Civil.

Rodrigo Soriano y Pablo Neruda, impulsores de la travesía del Winnipeg

 

Gracias a esa solicitud, el presidente chileno Pedro Aguirre Cerda y el ministro de Exteriores, Abraham Ortega Aguayo, nombran al poeta Pablo Neruda cónsul especial para la inmigración republicana española con sede en el país galo.
Neruda, que había seguido de cerca los acontecimientos de España y a quien le había afectado personalmente el asesinato de Federico García Lorca y los devenires de los poetas de la Generación del 27 –con los que había coincidido durante su época de diplomático en Barcelona y Madrid, fue destinado a París para coordinar el viaje de los refugiados españoles hasta Chile.

 

De Pauillac a Valparaíso

Mientras en Chile se debatía sobre el proyecto de asilo en las esferas política y en la opinión pública, en Francia se adaptaba un barco de 1918, el Winnipeg, para poder iniciar el viaje. El barco pasó de tener capacidad para transportar a 100 personas, a poder albergar a 2.000, gracias al trabajo del Servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles (SERE) y a las aportaciones económicas de otras organizaciones a favor de los refugiados de España. Este viaje se convirtió así en el de mayor contingente de pasajeros del exilio republicano español.

Finalmente, el Winnipeg zarpó del puerto fluvial de Pauillac la mañana del 4 de agosto de 1939. Un viaje que duró 30 días, y a los que, además de los problemas derivados de la multitud de personas concentradas, se enfrentó a la amenaza de los bombardeos por parte de submarinos alemanes. En él viajaban hombres, mujeres y niños con profesiones como artistas, pescadores, artesanos, campesinos, marineros, albañiles o zapateros, entre otras. Todos ellos cruzaron el Atlántico, pasaron por el Canal de Panamá y se encaminaron al sur por el Pacífico.

 

 

El 26 de agosto el barco atracó en Arica (al norte de Chile), donde se instalaron algunos pasajeros. Días más tarde, la madrugada del 2 de septiembre, el barco llegaba a Valparaíso. A las 9 de la mañana del día siguiente, comenzó el desembarco de los pasajeros, ante una multitud que les daba una afectuosa bienvenida, entre los que se hallaban autoridades civiles, políticas y militares, sindicalistas, estudiantes y familias que les recibían al ritmo de canciones republicanas. También llevaron comida y ropa para los recién llegados. Entre la gran comitiva de bienvenida, también se encontraba Rodrigo Soriano, acompañado de un joven Salvador Allende, por entonces ministro de Salubridad, Previsión y Asistencia Social.

Desde Valparaíso, durante los días siguientes, algunos partieron en tren hasta Argentina, y la mayoría de ellos se dirigió hasta Santiago de Chile, donde también fueron bienvenidos.

 

Una nueva vida en Chile

Un total de 3.500 exiliados españoles llegaron a Chile tanto en el Winnipeg como en otros barcos como el Órbita, Formosa o Reina del Pacífico. Se integraron en la sociedad chilena pero no perdieron el vínculo con España, organizándose en asociaciones y organizaciones en torno a espacios recreativos de la capital, como el Café Miraflores de Santiago, conocido también como el “Centro Republicano”. También se crearon círculos como el Centro Catalán y el Centro Vasco.

Respecto a Rodrigo Soriano, el embajador de la República española en Chile, se mantendrá en ese cargo –en el exilio- hasta su muerte, en 1944. En los años posteriores a la llegada del Winnipeg y de los exiliados españoles, Soriano ostentaría la presidencia de honor del Centro Republicano Español en Santiago y la presidencia de la Casa España Republicana, además de impulsar y colaborar en periódicos en los que España y sus refugiados eran uno de los focos principales. Tras su muerte, asistieron a su sepelio cientos de españoles residentes en el país, el presidente de la República de Chile, Gabriel González Videla, y un gran número de personalidades del ámbito político e intelectual.

En cuanto al Winnipeg, tras la ocupación de Francia durante la II Guerra Mundial, permaneció bajo bandera francesa (la de la Francia colaboracionista de Vichy). Capturado en mayo de 1941 por los holandeses en el mar Caribe, pasó a manos del gobierno británico, que lo rebautizó como Winnipeg II. Finalmente, el 22 de octubre de 1942, fue torpedeado por un submarino alemán mientras navegaba de Liverpool a New Brunswick. Todo el personal a bordo fue rescatado.