El día 10 de noviembre se celebra el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo, establecido por Naciones Unidas para extender entre la sociedad un concepto necesario para progresar de forma sostenible. De hecho, este año se ha hecho especial hincapié en fomentar la idea de que la ciencia debe ser abierta, accesible a todas las personas.

Se trata de un paso fundamental, según la ONU, para fomentar la colaboración científica, para compartir el conocimiento, facilitar la buena adopción de tecnologías e ir cerrando poco a poco las brechas existentes entre regiones y países. Una imagen que representaba a la perfección uno de nuestros mayores referentes en el ámbito de la investigación: Margarita Salas, recientemente fallecida.

Fue una de las mayores impulsoras de la bioquímica y biología molecular de nuestro país. De sus manos y su mente surgió la patente de la ADN polimerasa, esencial en el desarrollo de la ingeniería genética y la biomedicina. Toca ahora recordar su legado y ese espíritu incansable dedicado a la investigación, que se ha prolongado prácticamente hasta sus últimos días.

Casi con toda seguridad, su imagen va a estar muy presente en muchas de las actividades que en estos días se han programado en distintos puntos de España para conmemorar el Día Mundial de la Ciencia. Como las que ha puesto en marcha el Instituto de Salud Carlos III para la Semana de la Ciencia de Madrid. O las que se han programado durante las Semanas de la Ciencia y la Innovación en Canarias, diseñadas en colaboración con un centenar de entidades públicas y privadas y en la que participarán unas 50.000 personas.

Evolución de una vía de progreso necesaria

 

En estos momentos, España está intentando mejorar la situación de su entorno CTI, tremendamente prolífico a lo largo de la historia. Se nos recordaba recientemente en una exposición enmarcada en el XVI Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), celebrada en Sevilla, que de nuestro país surgieron los primeros mapamundis de Juan de la Cosa, elaborados en los siglos XV y XVI. O unos inventarios animales y vegetales realizados por José Celestino Mutis en el siglo XIX de unas 27.000 especies.

En nuestra memoria perduran los premios Nobel de Medicina de Santiago Ramón y Cajal (1906), por sus trabajos sobre la estructura del sistema nervioso, y de Severo Ochoa (1959), reconocido por dar con la vía definitiva que desembocó en la síntesis del ácido ribonucleico (ARN).

En estos momentos, nuestro máximo candidato a ganar uno de estos cotizados galardones es el microbiólogo Francis Mojica, investigador de la Universidad de Alicante. Su labor ha sido, es y será determinante en el desarrollo de la tecnología CRISPR-Cas, que se utiliza para corregir y editar el genoma de cualquier célula.

Tampoco se puede dejar de lado el trabajo de investigadoras como la actual directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, María Blasco, discípula de Margarita Salas y especializada en el estudio de los telómeros y la telomerasa. Dos componentes del ADN relacionados con el envejecimiento, el cáncer y el fallo celular.

Por otra parte, España es uno de los países participantes en las próximas misiones tripuladas a la Luna. De hecho, en el campo astronómico nuestros especialistas españoles han liderado trabajos que han servido para localizar exoplanetas de características similares a la Tierra.

Además, nuestros investigadores del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana y del Centro UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humano han participado en estudios internacionales que han descubierto nuevos comportamientos en el Homo sapiens. Y todo gracias a un fragmento de mandíbula de más de 175.000 años de antigüedad localizado en una cueva de Israel.

Se trata de una muestra minúscula de la ciencia que se hace en España. Y de la que nos queda por hacer, sobre todo cuando se firme el esperado Pacto por la Ciencia impulsado por la Confederación de Sociedades Científicas de España (COSCE) al que se han comprometido varios partidos políticos con alta representación parlamentaria.

Ciencia en el Parlamento

 

En este marco inspirador se cumplía hace unos días el primer aniversario desde la llegada al Congreso de los Diputados del movimiento #CienciaenelParlamento. Una iniciativa ciudadana independiente nacida en 2018 que tiene como objetivo que las propuestas políticas se apoyen sobre la ciencia y el conocimiento científico, siempre mirando hacia las necesidades de la sociedad.

Impulsado por Andreu Climent, Eduardo Oliver y Lilian Grigorian, su propuesta es facilitar a los responsables políticos un contacto regular con agentes del mundo de la ciencia, la tecnología y la innovación (CTI) en España que hagan la función de asesores. Aunque todavía no se ha instaurado la Oficina de Asesoramiento Científico y Tecnológico aprobada en marzo por la Mesa del Congreso para desarrollar su actividad, las bases ya se han asentado.

De hecho, #CienciaenelParlamento ha llevado a cabo diversas acciones que han acercado esta cultura al entorno político, como ese primer encuentro en noviembre de 2018. A él acudieron más de 200 personas del mundo de la ciencia y casi 100 diputados, que debatieron sobre diversos temas de interés social y pusieron sobre la mesa posibles soluciones que se podrían adoptar.

A lo largo de este tiempo se le han concedido ya varios reconocimientos en forma de premios, menciones y nominaciones a nivel nacional. Publicaciones como Nature se hicieron eco de la propuesta que, por otra parte, se ha convertido en inspiración para llevar a cabo proyectos similares en otros países, como ha ocurrido en Italia.