Mucho antes del DeLorean e incluso de la máquina del tiempo de H.G. Wells, el diplomático y escritor madrileño Enrique Gaspar Rimbau escribió una zarzuela de ciencia ficción basada en los viajes en el tiempo a bordo de un curioso artilugio

 

La posibilidad de viajar en el tiempo y modificarlo a nuestro antojo ha sido una de las grandes obsesiones de la literatura y el cine de ciencia ficción del último siglo. Historias apasionantes como las de La Máquina del Tiempo de Herbert George Welles y sus muchas adaptaciones; las de la saga ochentera Regreso al futuro; o la más moderna About Time reflejan el anhelo de la humanidad de controlar el tiempo. Por su parte, la serie El Ministerio del Tiempo, de TVE, lleva varios años transportándonos a diferentes épocas de la historia de España gracias a los agentes del departamento secreto del Gobierno encargado de mantener la historia del país intacta.

Esta última producción, precisamente, es la que ha vuelto a poner de relieve un hecho desconocido para muchos: que la primera aparición en la literatura de una máquina del tiempo se produjo en una obra española. Concretamente, en El anacronópete, escrita por el madrileño Enrique Gaspar Rimbau y editada en 1887 en Barcelona. En formato de zarzuela, es la primera obra de la historia en la que se describe un artilugio que permite viajar en el tiempo: una gran caja de hierro fundido que utiliza la electricidad para desplazarse al pasado, además de disponer en su interior de todo tipo de artilugios y comodidades; entre ellas, una bebida para que sus pasajeros conserven su edad pese al salto temporal.

 

Ilustración original del anacronópete, por Francisco Soler. Editorial Gaspar Rimbau

 

Un invento pionero en la literatura que se recupera en una de las tramas de El Ministerio del Tiempo y que sirve a su protagonista, don Sindulfo -un científico de Zaragoza- y al resto de personajes para viajar desde la Exposición Universal de París de 1889 a episodios como la batalla de Tetuán de 1860, la toma de Granada de 1492, la China del siglo II, la Pompeya del año 79 d.C., o los tiempos de Noé. En el trasfondo está la obsesión de su protagonista por la vida eterna, además de la crítica social. La obra, escrita en 1881 -en un contexto marcado por el éxito de las aventuras creadas por Julio Verne- influyó en otras como L’historioscope de Eugène Mouton y se adelantó ocho años a la máquina del tiempo de H.G. Wells.

 

Los orígenes de la ciencia ficción española

 

Aunque no sea el género más abundante en la literatura española, El anacronópete de Gaspar no es la única muestra de ciencia-ficción española previa al siglo XX.

Ya el undécimo cuento de El conde Lucanor, del siglo XIV, podría considerarse un precursor de los viajes en el tiempo; la Crónica sarrazina o Crónica del rey don Rodrigo, del siglo XVI, recoge una especie de televisión que adelanta sucesos futuros; y el Viaje fantástico del Gran Piscator de Salamanca, del siglo XVII, relata el primer viaje a la Luna en lengua castellana.

Pero no será hasta el siglo XIX cuando se pueda hablar de los orígenes de la ciencia ficción (o proto-ciencia ficción) española, género también conocido como “fantasías científicas” o “literatura utópica”.

El viaje al espacio es uno de los temas más frecuentes de estos inicios. Está presente en obras como Viaje somniáereo a la Luna (1832) de Joaquín del Castillo; Viaje a un mundo desconocido, su historia, leyes y costumbres (1838); o Lunigrafía ó sea noticias curiosas sobre las producciones, lengua, religión, leyes, usos y costumbres de los lunícolas (1855). Esta última, del catalán Miguel Estorch i Siqués, se adelanta una década a la novela De la Tierra a la Luna de Julio Verne (1865), y ofrece una minuciosa descripción de la civilización que habita la Luna, tras la llegada a bordo de un cohete lanzado desde el Himalaya.

 

«Lunigrafía», edición de 1855

 

También fueron frecuentes las zarzuelas protofictocientíficas con la vista puesta en el futuro, como El siglo que viene (1876) de Miguel Ramos Carrión; y Madrid en el año 2000 (1887), de Guillermo Perrín y Miguel de Palacios. Incluso un clásico de la literatura y el cine como El increíble hombre menguante tiene su antecedente en la novela didáctica para niños de José Zahonero, El doctor Hormiguillo (1890), sobre un científico miniaturizado tras beber un brebaje mágico y que se deberá enfrentar a animales pequeños, gigantes para él.

Sin olvidar las fantasías especulativas y un género poco tratado hasta entonces: la ucronía o reescritura de la historia de España. En este sentido, destaca el relato «Cuatro siglos de buen gobierno», recogido en Por los espacios imaginarios (con escalas en la Tierra) de 1885, de Nilo María Fabra. En esta historia, España ha conservado su poder mundial hasta finales del siglo XIX y está a punto de colonizar Marte. Fabra, además, anuncia futuras formas de totalitarismos tecnológicos en otro de sus relatos, «Teitán el sobernio, cuento de lo por venir», retrato de un dictador con un dispositivo mecánico capaz de leer los pensamientos de la gente.

Además de cuentos y relatos que podrían considerarse distópicos de grandes nombres como Leopoldo Alas ‘Clarín’, Ángel Ganivet, Ramón y Cajal, Pío Baroja o Miguel de Unamuno, dentro de la Generación del 14 o Novecentismo encontramos el llamado Grupo de Londres. Autores como Luis Araquistáin, Salvador de Madariaga, Ramón Pérez de Ayala o Ramiro de Maeztu que, en la capital inglesa, estuvieron en contacto con autores de ciencia ficción de la época como George Bernard Shaw, H.G. Wells y Aldous Huxley. De ese grupo salieron relatos como Sentimental Club (1909), Dos mundos al habla (1922) o El archipiélago maravilloso. Incluso, en 1928, Ramón Gómez de la Serna se adelantaba premonitoriamente a la bomba atómica con su El dueño del átomo.

Por su parte, la primera novela de ciencia ficción en catalán -y primera obra española en acercarse al tópico de Frankenstein- es Homes artificials, de 1912, escrita por Frederich Pujulà i Vallès.

A esta producción, y con el parón que supuso la guerra civil, siguieron las historias recogidas en las “novelas de a duro” en los 50, las primeras colecciones de ciencia ficción de los años 60, la revista especializada Nueva Dimensión hasta los 80 y el boom de los 90, ayudado por los fanzines. A día de hoy, entre los autores más destacados figuran Felix J. Palma -cuya trilogía El mapa del tiempo ha conseguido figurar en la lista de los más vendidos del New York Times– y José Antonio Cotrina.