El Consejo Superior de Investigaciones Científicas lleva ocho décadas mirando hacia la I+D+i aplicada a las necesidades de la ciudadanía y de esta manera se ha convertido en la principal fuente de patentes de España, no sólo a nivel nacional, también internacional.

 

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) cumple 80 años y sus responsables lo están celebrando como mejor saben: promoviendo la I+D y divulgándola. Esta institución es heredera de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), que fue creada en 1907 y cuyo primer presidente fue uno de nuestros pocos premios Nobel en ciencia: Santiago Ramón y Cajal.

 

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EFE / Javier Lizón

 

Muy diferente al de entonces es el CSIC de ahora: con centros repartidos por toda la geografía española y parte del extranjero, gran parte de la labor de sus investigadores se ha volcado en la ciencia aplicada. De hecho, encabeza la clasificación de patentes internacionales solicitadas en España según recoge el último informe anual de la Oficina Europea de Patentes (OEP), con 61 solicitudes en 2018.

También ocupa el primer lugar en la Oficina Mundial de Propiedad Intelectual en cuanto a número de solicitudes Patent Cooperation Trety (PCT); la 13.ª posición en el ranking de centros públicos de investigación solicitantes de PCT durante el periodo 2015-2017; la 23.ª en la lista de 2017 de los 25 centros públicos de investigación más innovadores de la agencia Thomson Reuters; y la 5.ª institución gubernamental en el ranking Scimago, que cuantifica la producción científica.

Patentes que la encumbran

 

Entre ellas están las pilas de papel portátiles de la spin-off Fuelium, una empresa derivada de la institución, creada para poder comercializar sus innovaciones. Se trata de unas tiras de apenas ocho centímetros de largo por cuatro de ancho que se pegan sobre la piel y que son capaces de generar la energía suficiente para permitir un análisis preciso a través del sudor. Útil para la detección de fibrosis quística, tiene un coste muy bajo y evita el uso de instrumentos médicos externos mucho más caros, mejorando así la accesibilidad de los pacientes.

 

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También surgió del CSIC un equipo de resonancia magnética nuclear capaz de detectar el cáncer de pecho hasta un año antes de que sea visible. Comercializado por la empresa valenciana Oncovision, consigue identificar lesiones cancerígenas minúsculas prácticamente en todo tipo de mamas. Algo que es fundamental para obtener un diagnóstico precoz y poder eliminar la patología con mayor facilidad.

Y no se puede dejar de hablar de un fármaco pionero recientemente presentado, basado en un trabajo del CSIC y de la Universidad Autónoma de Madrid, para tratar las fístulas de la enfermedad de Chrohn, que hasta ahora contaba con pocas opciones terapéuticas. Se trata de la primera terapia española aprobada en Europa basada en células madre alogénicas (de origen externo al propio paciente). Licenciado a la compañía japonesa Takeda para su comercialización, ha sido desarrollado por investigadores españoles y podría tener aplicaciones en otras enfermedades inflamatorias y autoinmunes.

 

Fuera del entorno de la salud

 

La actual presidenta del CSIC, Rosa Menéndez, ha sido la que le ha dado a este organismo una de sus patentes más rentables: la del grafeno de bajo coste, con aplicaciones industriales como componente en la fabricación de teléfonos inteligentes, ordenadores e incluso aviones. Fue en 2013, a través del Grupo de Materiales Compuestos del Instituto Nacional del Carbón (dependiente del CSIC). A través de esta vía se puede obtener grafeno a partir de coque, un producto derivado del carbón y el petróleo mucho más barato que el proceso realizado con grafito.

Y menos sofisticado aunque no por ello menos rentable fue la fórmula que actualmente se emplea para fabricar las gulas que muchos degustamos en nuestro día a día. Este invento de la ciencia española lleva con nosotros desde 1991 y sirve para convertir pescados de descarte en una versión más económica de las angulas. La empresa que se quedó con la licencia factura hoy unos 150 millones de euros al año y genera 400 empleos directos.

Son sólo unos pocos ejemplos de las hazañas realizadas por los investigadores del CSIC en los últimos años. Aplicaciones prácticas que mucho tienen que aportar a nuestro día a día y que mejoran nuestra calidad de vida a través de la ciencia y el conocimiento.