Recibimiento de los presos de Mauthausen a las tropas estadounidenses el 5 de mayo de 1945

 

  • El 5 de mayo de 1945 los estadounidenses liberaban el campo de concentración austríaco integrado en su mayoría por republicanos exiliados tras la guerra civil

  • Hoy se abre al público una base de datos con información de los 9.161 deportados a campos de concentración nazis, de los que fallecieron más de 5.000 por hambre, enfermedades o ejecutados

 

Ciento ochenta y seis escalones separaban los barracones de la cantera de granito, donde los reclusos trabajaban hasta morir. Mientras cargaban a sus espaldas las enormes piedras de la cantera, los capataces los golpeaban, zancadilleaban y empujaban. Así era la vida en el campo de concentración de Mauthausen-Gusen, hasta donde fueron llevados más de siete mil españoles despojados de su patria tras la guerra civil. Desde el primer contingente, en 1940, hasta la liberación, el 5 de mayo de 1945, casi 5.000 españoles fueron exterminados en el que algunos llamaban el “campo de los españoles”.

Han tenido que pasar 75 años, pero finalmente es posible acceder al registro de los deportados españoles a los campos de concentración nazis. Si en 2019 el Gobierno fijó el 5 de mayo como un día para homenajear a las víctimas españolas del nazismo, a la vez que publicaba en el Boletín Oficial del Estado (BOE) los datos de las 4.427 personas que murieron en Mauthausen, hoy también se abre al público uno de los registros más completos de los deportados españoles en los campos de concentración nazis.

Se trata del Banco de la Memoria Democrática, elaborado conjuntamente con la Universitat Pompeu Fabra y Amical Mauthausen y alojado en el Memorial Democràtic de la Generalitat de Catalunya. Según este registro, hay un total de 9.161 deportados españoles entre 1940 y 1944, de los cuales casi el 60% se dejaron la vida, 3.539 sobrevivieron, y el resto siguen desaparecidos.

 

Apátridas en el infierno

 

Presos del campo de concentración de Mauthausen. Foto: Amical de Mauthausen

 

En los últimos meses de la guerra civil española, medio millón de exiliados españoles cruzaron la frontera francesa huyendo del conflicto bélico, donde terminaron recluidos en campos de internamiento en el sur del país. Ante unas perspectivas poco optimistas, muchos se integraron en la Legión Extranjera francesa, con cuyas divisiones combatirían en la II Guerra Mundial; y a otros se les integró en las compañías de trabajadores extranjeros. Miles de ellos fueron capturados por los nazis, que habían invadido Francia en el verano de 1940.

Tras el paso por los campos de prisioneros de guerra, los españoles fueron enviados a campos de concentración como el de Mauthausen-Gusen, en Austria. En agosto de 1940 llegaba hasta allí el primer contingente con 392 presos españoles, a los que se les impuso el triángulo azul de los apátridas -puesto que Franco, ya en el poder, había dejado de considerarlos españoles- con una S de Spanier. En 1945, la cifra superaba los 7.300 españoles.

Aunque los primeros barracones eran de 1938, fueron los españoles quienes construyeron Mauthausen, una de las razones por las que, entre los deportados, era conocido como el “campo de los españoles”. La vida allí giraba en torno a la cantera de granito de Wienner-Gräben, donde los presos eran esclavizados hasta la muerte por extenuación. Mientras cargaban a sus espaldas enormes piezas de granito, los kapos -otros prisioneros que ejercían de capataces-, los humillaban propinándoles empujones, golpes y zancadillas en su subida por la llamada «escalera de la muerte». Cuando murió el primer español, a finales de agosto de 1940, el resto de sus compatriotas guardaron un minuto de silencio ante la sorpresa de estos capataces, que volverían a ver ese ritual en muchas otras ocasiones. Otros españoles, con más suerte, consiguieron trabajar como albañiles, sastres, peluqueros o fotógrafos, aumentando así sus posibilidades de seguir vivos.

 

La «escalera de la muerte» de Mauthausen

 

Con el paso de los años, los prisioneros españoles se convirtieron en los veteranos del campo, enseñando a los recién deportados de los frentes ruso y francés las estrategias necesarias para sobrevivir en aquel infierno. Entre otras cosas, la organización clandestina española -que funcionaba desde 1941- redistribuía la escasa comida de los presos para ayudar a los más débiles y enfermos. Asimismo, repartían medicinas robadas de la enfermería y, en algunos casos, incluso salvaron a algún compañero de su exterminio en las duchas de agua helada.

 

Esperanza hasta el final

 

A medida que se acercaba el final de la guerra y se vislumbraba la caída del Tercer Reich, la superpoblación del campo hizo insoportable la situación. La llegada masiva de reclusos procedentes de otros campos de concentración nazis hacía necesaria la eliminación de los más débiles, de los judíos y de los rusos allí concentrados.

Los modos de exterminio utilizados en Mauthausen a lo largo de su existencia fueron muchos y a cada cual más cruel. Al trabajo de esclavo en las canteras se sumaban las cámaras de gas, las duchas heladas -más de 3.000 presos murieron inmersos en ella durante horas- los tiroteos masivos, los experimentos médicos, el sangrado (desangrar a los internos hasta la muerte para enviar su sangre al frente del Este), el ahorcamiento o el hambre, entre otras.

Sin embargo, los horrores de Mauthausen no lograron abatir del todo los ánimos de los españoles. Si hay algo que los demás reclusos recordaron posteriormente de ellos fue, precisamente, su fe en la derrota final del nazismo, incluso en los peores momentos de la guerra. Estaban tan convencidos de su salvación por parte de los Aliados que conservaron pruebas del genocidio, como las fotografías del catalán Francesc Boix, que consiguió ocultar instantáneas de la realidad del campo durante su trabajo en los laboratorios fotográficos.

 

Francesc Boix, el fotógrafo de Mauthausen

 

Y así fue. La noche del 4 de mayo de 1945, las explosiones en ciudades cercanas a Mauthausen-Gusen anunciaron la inminente llegada de los Aliados y produjeron la huida de los miembros de las SS. Al día siguiente, las tropas estadounidenses eran recibidas en el campo con una pancarta que pasaría a la historia: “Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras”. Las banderas nazis fueron sustituidas por las republicanas. Los españoles, como el resto de reclusos, eran por fin libres.

Pero, aunque liberados, los españoles no lo tuvieron fácil desde ese momento. No podían volver a España, puesto que Franco seguía sin querer saber nada sobre aquellos que habían sobrevivido a las torturas de sus aliados ideológicos. Su destino pasaría por buscar asilo en otros países, lejos del que durante décadas pagaría su heroísmo y valentía con el olvido.

 

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